Lo reconozco: siempre he sido una friki de las bodas. Con 15 años me tragaba toda la pasarela Cibeles para ver cuáles eran los modelos de trajes de novia de la temporada. Aún tengo un modelo de Victorio & Lucchino en un disco duro perdido de la colección del 2005...
Además soy una romántica patológica, a pesar de tropezones y caídas libres amorosas, siempre he pensado que en la estación todavía estaba por pasar mi tren. Y pasó. Un AVE concretamente, porque a los tres meses de empezar a salir, mi futuro y yo ya estábamos viviendo juntos. Después de varios meses, salió el tema de conversación ¿hacia donde vamos? y se lo dejé claro: "Si alguna vez me pides que me case contigo más te vale traer un buen anillo, que yo soy una clásica". El chico tiene agallas, esa noche no se había hecho las maletas, es más, hasta parecía que le hizo gracia.
Pues bien, ya te digo si lo trajo. Después de unos meses de estar viviendo uno en cada punto del mundo, en nuestro aniversario me hizo el mejor regalo: un compromiso para toda la vida -de oro blanco con diamantes-.
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